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jueves, 23 de marzo de 2017

Orgullo herido

Seguramente ocurrió algún imprevisto y el profesor de turno tuvo que ahuyentarse. Solía ocurrir con frecuencia en nuestro internado. Cuando un superior encargado de la vigilancia de la biblioteca, del salón de estudio o de una clase, tenía que interrumpir su tarea por motivos mayores, traspasaba su autoridad de mando a alguno de los alumnos que contaban con especial prestigio. En las clases esta tarea recaía casi siempre en el alumno más aventajado. Es decir, el más empollón. Para la mayoría de los profesores el éxito escolar se identifica con actitudes manifiestas de responsabilidad. Aunque en honor a la verdad no siempre esas actitudes son tan manifiestas y se le atribuyen al sujeto como consecuencia del éxito. De las aptitudes a las actitudes se pasa de modo más o menos gratuito y con demasiada facilidad. Vivimos en una sociedad en la que el éxito es atribuido muy ingenuamente a la honradez o el trabajo.
El caso es, que este día, la probable partida del profesor dejaría en manos de un compañero la responsabilidad disciplinaria durante el tiempo que durara su ausencia. Y el compañero tenía que apuntar en un folio las conductas no adecuadas que se realizaran en clase, con los nombres de los protagonistas de la misma. Así fue como yo caí en la red de los sujetos apuntados en la lista negra, por sabe Dios que conducta inoportuna. Como consecuencia ese día me dio un repaso el profesor de Química. Un repaso a mis conocimientos sobre la disciplina, se entiende. Según mi diario las cuestiones sobre las que me examinó no comportaron especial dificultad para mí. Tuve la suerte de que hurgó precisamente en los conocimientos que había preparado, dejando de lado otros en los que tenía una ignorancia supina.

Al escribir el diario de ese día, me sentía atribulado, no tanto por el episodio en Química, del que como he comentado salí más o menos airoso, sino por la amargura moral que había sufrido al figurar en aquella lista negra. No estaba yo acostumbrado a figurar en este tipo de listas y este hecho hería en lo más profundo mi orgullo. 

martes, 25 de noviembre de 2014

La felicidad

El loco se sorprende. Alguien le ha preguntado si es feliz. Por un momento en su cabeza siente el impulso a responder con otra pregunta. “¿Y qué es la felicidad?” (“¿Y qué es la verdad?”, responde Pilato a Jesús de Nazaret, poco antes de condenarlo). Y de algún modo siente que la respuesta a esa pregunta encierra también una especie de condena o una trampa. Lo políticamente correcto es decir que sí. Eres feliz. Decir que no, supone que los que te rodean te vean como alguien apestado. Vivimos tiempos en los que hay que vivir felices por prescripción facultativa. Los voceros que cuelgan slogans en las redes sociales (pasquines coloristas incitando al buen vivir, frases piadosas colgadas en el enlosado del ciberespacio, sentencias redondas atribuidas a maestros de filosofía oriental), o envían whapsap a diestro y siniestro a sus conocidos y allegados..., lo recomiendan encarecidamente en virtud de la imprescindible autoestima, de la entronización del individualismo, del necesario conformismo con el que debiera vivir cada uno, o de la huída hacia adelante escapando de pasados funestos... ¿Pero qué hay de verdad en ese flujo que se expande como un reguero artificial por los vericuetos de nuestro camino?, se pregunta el loco. Y se siente tentado a decir que no, aunque sólo sea por ir contra corriente o por situar la conquista de la felicidad en el horizonte de un proceso. ___________________________________________________________________________________________________________________________________________ Para Celemín, la pregunta sobre la felicidad es un modo de entrar en contacto: “¿Eres feliz”?, le lanza a una chica morena cuando se cruza con ella en dirección a los baños del Sgt Pipper's, en una de esas noches de frenesí discotequero. Un modo de contacto. Nada más. Porque él se da cuenta que la felicidad sólo puede ser un cuadro, un precioso cuadro pintado a acuarela, deslumbrante de colorido y armonía. Un cuadro que se va pintando poco a poco, con continuas correcciones y que nunca llega a estar terminado. Y hay que tener cuidado con el engaño. Porque en ocasiones, lo que aparece como felicidad, sólo son brochazos. Brochazos que con frecuencia son dados al buen tuntún, sin sentido de la estética ni encaje en el conjunto de la pintura. Borrones que oscurecen más que la revitalizan .

lunes, 2 de abril de 2012

Ocultismo y evasión



















Las supersticiones, mitos, creencias ocultistas, hechicerías, nigromancias, brujerías, adivinaciones, tabúes, fetiches, amuletos..., no pocas veces engendran una constelación de peripecias ligadas a la naturaleza humana, de la que resulta difícil desembarazarse. Suelen producirse con más vehemencia en épocas de crisis y en situaciones críticas de las personas. Entiendo que dichos fenómenos vienen determinados por ese afán o impulso interior de trascender a la propia realidad. Unas veces, porque el misterio que nos rodea resulta tan indescifrable que necesitamos asirnos a alguna explicación que, a falta de razón fundamentada, se sustente al menos, en fantasía. Otras veces porque necesitamos algún resquicio por el que nos evadamos o amortigüemos el golpe de una existencia, que tantas veces nos machaca o engulle en sus fauces. No pocas veces necesitamos de objetos o experiencias que otros nos brindan (generalmente vinculado a intereses lucrativos de quien nos lo ofrece), con la proyectada finalidad de aliviar nuestras penas o conseguir dinero, amor y bienestar. Y otras, vivimos con tanta incertidumbre el futuro, que buscamos ansiosos el bálsamo de algo o alguien que nos pronostique los acontecimientos que nos van a suceder.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Educación en candelero

Soy de una generación en la que, aquellos que pertenecíamos a sectores de población con escasos recursos, sobre todo en zonas rurales, apenas teníamos posibilidad de recibir una educación medianamente decente. Algunos lo conseguimos gracias a nuestra salida de la casa paterna para internarnos en colegios de religiosos, con la perspectiva de terminar siendo miembros de las órdenes que nos acogían. Aunque al final, muy poco terminaron engrosando dichas instituciones. Otros, los menos,fueron a colegios de pago o públicos, pero forzando una inmigración a centros poblacionales donde éstos se ubicaban, lo que suponía un desembolso económico, que sólo con tremendos sacrificios de los progenitores, lo hacían posible. Pero una gran mayoría de nuestros coetáneos no corrieron esa suerte, y apenas tuvieron otra posibilidad que aprender a leer, escribir y defenderse con las “cuentas” básicas.
Es verdad que en muchos casos, la educación que hemos recibido tampoco nos ha abierto grandes perspectivas laborales, y, por regla general no nos ha sacado de pobres. Podemos haber ido a la universidad, sacado una carrera y mal que bien obtenido un trabajo ligado a la profesión, pero puede que no nos haya proporcionado grandes estipendios económicos. Pero sí una gran satisfacción moral y una dignificación personal que está muy por encima del dinero. Porque eso es lo que tiene la educación, posibilita el desarrollo del intelecto, la comprensión del mundo que nos rodea y el despliegue de las capacidades que más humanizan a los seres humanos. Con la llegada de la democracia y los avances en los sucesivos planes y leyes educativas, el panorama cambió por completo. Las posibilidades de acceso a la educación, independientemente de que todo puede ser mejorable, ha sido prácticamente plena. Y hemos podido gozar de una educación básica y gratuita desde una educación pública de calidad. Con sus lagunas, es verdad, pero que ha supuesto un avance sobresaliente. Quién iba a pensar hace años que cualquier niño, independientemente de extracción social, podría tener educación gratuita y de calidad hasta los 16... Pero hemos de ser conscientes de que la educación tiene aún por delante un largo camino que recorrer; metas que perseguir y errores que corregir. Y que este pulso hacia el futuro implica sobre todo inversión económica significativa. Es esencial para la vida del ciudadano y por ende para el desarrollo económico de los pueblos.

martes, 28 de febrero de 2012

La maldición del trabajo

Hubo un tiempo en el que creía en la realización personal a través del ejercicio de la profesión. Digo profesión y no trabajo. Porque en aquel tiempo estaba obsesionado con esa supuesta diferencia. Atribuía al ejercicio profesional un valor poco menos que supremo. Lo entendía como una dimensión en estrecho vínculo con las posibilidades de aportar energía, capacidades y valores (proporcionados por la naturaleza, la formación, la universidad…) a la transformación y el perfeccionamiento del mundo que habitamos. Y además, la realización de ese ejercicio u esfuerzo, se llevaría a cabo de forma muy satisfactoria, dado que el esfuerzo iría vinculado a tareas que verdaderamente te gustaban (lo que entendía como profesión vocacional). En una palabra, la ocupación profesionalizada suponía, el fondo, un ejercicio de autorrealización.
Por ende, el ejercicio del trabajo, sin otra adherencia, no sería más que llevar a la práctica aquella sentencia bíblica que proclamaba: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Es decir, el trabajo como medio para poder subsistir, o en el mejor de los casos, recibir compensación económica más o menos holgada. En el círculo en el que yo me movía, ligado fundamentalmente a la universidad, establecíamos frecuentes debates sobre el tema, con la pretendida intención de poder llegar a sentar cátedra sobre el alcance de estos dos conceptos y las interacciones que se daban entre sí. Ni que decir tiene que aquella visión era profundamente teórica (como demostraría posteriormente la experiencia), incluso tenía un cierto tufillo de elitista. Hacía de menos a la inmensa mayoría de habitantes de este planeta, que ni siquiera pueden permitirse el lujo de preguntarse, en qué quieren trabajar, si es que tienen la posibilidad de trabajar en algo. Mucho menos el de tener una preparación adecuada para ejercer una profesión conforme a su inclinación vocacional. Para muchos de aquellos que nos preparamos (a través de Formación Profesional, universidad, etc.) aquellos esquemas se nos fueron derribando o diluyendo paulatinamente. Algunos no hemos podido ni tan siquiera poner en práctica lo aprendido en los respectivos ámbitos del saber, teniéndonos que conformar con cualquier trabajo al alcance de nuestra mano. Otros trabajamos en ocupaciones que, aunque con cierto vínculo con el área profesional de nuestra “carrera”, quedan muy lejos del horizonte que en su día nos trazamos. De este modo se nos ha ido al garete nuestra pretendida autorrealización a través de la profesión. De modo que las cuotas de realización personal, de disfrute, de felicidad…, hemos de buscarlas a través de la liberación del trabajo. O dicho de otro modo, quitarle tiempo al trabajo para ganar tiempo al ocio, y conseguir también unas condiciones que humanicen a la persona de modo progresivo. Dignas aspiraciones para aquellos que conservamos empleo (Cinco millones de españoles ni siquiera pueden permitirse las mismas). Pero la dura realidad, concretada en la última reforma laboral, no sólo no nos permite avances en este sentido, sino que abre grandes compuertas para entrar en vías de significativos retrocesos. Más que a la humanización seguimos abocados a la vieja acepción de la maldición del trabajo.

viernes, 24 de febrero de 2012

El laberinto

El conejillo de indias con el que practicábamos en el laboratorio, apareció triunfante en la meta. Tras el éxito obtenido con él en la prueba del laberinto, yo mismo me inoculé la misma pócima que utilizamos para fortalecer su orientación. Pero alguien debió cambiar la fórmula. Y aquí sigo, perdido por los pasillos de la Facultad de Psicología, incapaz de encontrar la salida.
Al azar, he llegado al laboratorio. Pero el animalillo está muerto. Y ahora, nadie puede ayudarme a salir del laberinto.