Seguramente ocurrió algún
imprevisto y el profesor de turno tuvo que ahuyentarse. Solía ocurrir con
frecuencia en nuestro internado. Cuando un superior encargado de la vigilancia
de la biblioteca, del salón de estudio o de una clase, tenía que interrumpir su
tarea por motivos mayores, traspasaba su autoridad de mando a alguno de los
alumnos que contaban con especial prestigio. En las clases esta tarea recaía
casi siempre en el alumno más aventajado. Es decir, el más empollón. Para la
mayoría de los profesores el éxito escolar se identifica con actitudes
manifiestas de responsabilidad. Aunque en honor a la verdad no siempre esas
actitudes son tan manifiestas y se le atribuyen al sujeto como consecuencia del
éxito. De las aptitudes a las actitudes se pasa de modo más o menos gratuito y
con demasiada facilidad. Vivimos en una sociedad en la que el éxito es
atribuido muy ingenuamente a la honradez o el trabajo.
El caso es, que este día,
la probable partida del profesor dejaría en manos de un compañero la
responsabilidad disciplinaria durante el tiempo que durara su ausencia. Y el
compañero tenía que apuntar en un folio las conductas no adecuadas que se
realizaran en clase, con los nombres de los protagonistas de la misma. Así fue
como yo caí en la red de los sujetos apuntados en la lista negra, por sabe Dios
que conducta inoportuna. Como consecuencia ese día me dio un repaso el profesor
de Química. Un repaso a mis conocimientos sobre la disciplina, se entiende.
Según mi diario las cuestiones sobre las que me examinó no comportaron especial
dificultad para mí. Tuve la suerte de que hurgó precisamente en los
conocimientos que había preparado, dejando de lado otros en los que tenía una
ignorancia supina.
Al escribir el diario de ese día, me sentía
atribulado, no tanto por el episodio en Química, del que como he comentado salí
más o menos airoso, sino por la amargura moral que había sufrido al figurar en
aquella lista negra. No estaba yo acostumbrado a figurar en este tipo de listas
y este hecho hería en lo más profundo mi orgullo.

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