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miércoles, 13 de octubre de 2021

Flexibilidad mental

 



Intentar convencer a alguien de que sus postulados y visión de la realidad son  erróneos, es una tarea inútil. Prácticamente es imposible que cambie de posición cuando su postura obedece a alienación ideológica, a anclajes de ideas preconcebidas o estar sumergido hasta el cuello en 
principios auspiciados por una educación mamada desde la niñez. Solo suelen producirse cambios en quien tiene capacidad para poner en cuestionamiento sus propias convicciones. Quienes han adquirido la suficiente altura de miras como para ver la realidad desde la distancia suficiente como para no someterse al veredicto de las influencias manipuladoras de proximidad. Los que han logrado la flexibilidad mental para admitir cualquier controversia que interrogue sus seguridades.

martes, 26 de enero de 2021

En la entraña

 

Casi es imposible entenderse cuando se parte de planteamientos éticos, principios morales y anclajes de perspectivas de humanización antagónicas. Las ideologías, que se sustenta en este tipo de fundamentos, llevan a enfrentamientos dialécticos sin margen para la conciliación. Cada uno defiende a capa y espada su postura, convencido de que tiene la razón. En muchos casos, supongo, que con recta intencionalidad. En otros, tengo la impresión, que cargados de bastante inquina, cuando no de odio, a quienes están en la perspectiva diferente.

Estas situaciones quedan ilustradas en controversias suscitadas con problemas sociales: situación de inmigrantes, llegada a nuestro mundo occidental de personas en patera, establecimiento del ingreso mínimo vital, subvenciones otorgadas a personas vulnerables...

Es frecuente escuchar razones de rechazo a ayudas y prestaciones sociales alegando que, lo que tienen que hacer estos sujetos, es ganarse la vida en sus países de origen, dejar de ser vagos y trabajar (dando por supuesto que prefieren no hacerlo porque pueden vivir “comiendo la sopa boba”), etc. Desde la seguridad en la que se vive (y pensando que es algo a la que solo yo y mi limitado mundo tiene derecho), se culpabiliza a quienes pueden traer inseguridad, incluso, en ocasiones, culpabilizar a la propia conciencia personal. Porque es muy socorrido ampararse en la supuesta mala conducta de los diferentes, para desentenderse de la propia irresponsabilidad (al no asumir la solidaridad con los que debería implicarme).


jueves, 21 de enero de 2021

Ideología

 


Qué importante es ir afianzando, desde la infancia hasta la madurez, una escala de valores (principios éticos, virtudes, cualidades). Esta escala constituirá la columna vertebral para no andar por la vida dando tumbos. Desde esta integración uno puede situarse y tomar partido ante todo lo que le rodea con base sólida y enjuiciar los acontecimientos desde una perspectiva personal. No desde posturas que te llegan desde fuerzas clandestinas, interesadas en tu manipulación.

Y desde esta escala, cada persona se ubica en un marco de ideología.

La ideología es fundamental para el hombre. Es el cuerpo de ideas estructuradas de un modo coherente, en base a una escala de valores. Sin ideas la persona es una marioneta esclava de quien quiera manipularla. Ahora bien, una cosa es tener una referencia ideológica y otra, el seguimiento acrítico de ideologías. Es peligroso seguir a ideologías externas, porque con frecuencia, éstas pueden estar desvirtuadas, se alejan de los principios por los que se generaron y pierden el valor fundacional que le daban su fortaleza moral. Es entonces cuando se hace perentorio volver a las ideas del origen, y así poder renovarlas de continuo.

Las ideas hacen posible que uno se sitúe críticamente y percibir de este modo qué es coherente, que tiene sentido y que carece del mismo.

Así, volviendo a las fuentes de las ideologías, que generalmente surgen tras experiencias significativas y la reflexión sobre las mismas, uno puede identificarse o no con ellas. 

martes, 28 de marzo de 2017

"Pinchar en hueso", enfermero sin licencia.

Me sorprende mi diario recordándome que  tuve que acompañar al hospital a un alumno del centro. Por algún motivo se hacía necesario que lo reconociera algún especialista o debían aplicarle algún recurso clínico especial. Lo más frecuente era que un médico que teníamos asignado al internado, y que venía 2 ó 3 veces a la semana (y por supuesto cuando había alguna urgencia), fuera el encargado de tratar nuestras dolencias, que no solían comportar gravedad seria.
Dicho médico contaba con la ayuda de algún alumno del internado a quien se le reconocía en Calatrava como “el enfermero”. Durante algún tiempo me atribuyeron dicha función. No sé qué pudieron notar en mí para cargar sobre mis espaldas tal responsabilidad. Sin duda, cualquier otra, la hubiera asumido con un mayor espíritu y presteza, pero en lo tocante a las enfermedades siempre se me ha rebelado una tendencia pusilánime y cobarde. Impresionable donde los haya, sólo con ver sangre, heridas o vísceras, siento una repulsión cercana a la náusea. Trato de evitar, por todo ello, cualquier circunstancia que me aproxime al campo de la medicina. Sin embargo, por esas fechas, debió de asistirme una especial fortaleza, o tal vez las atribuciones de responsabilidad en la materia que recibí, me hicieron superarme a mí mismo, apechugando con tareas incómodas.

Tanto es así que acude a mi recuerdo algún episodio de especial complejidad para mis dubitativas destrezas clínicas, como el de poner inyecciones a algún alumno, previa la prescripción médica necesaria. No fueron muchas, pero un par de ellas hubo. Por alguna razón, en esas ocasiones el doctor tenía dificultades para personarse en el internado y delegó sobre mí el delicado asunto. Creo que una de las veces estuve a la altura de las circunstancias, finalizando la tarea con notable acierto. Debió socorrerme en la distancia el impulso de mi madre, que para la habilidad de inyectar era singularmente diestra (el propio médico local le encomendaba tal quehacer en muchas ocasiones). Pero en otro caso debí de “pinchar en hueso”, simbólicamente hablando, se entiende, pues a consecuencia de impulsar la aguja de forma inadecuada, ésta se rompió y tuve que acudir a D. Tristán, superior avezado en estas lides, para que arreglara el descalabro.

jueves, 23 de marzo de 2017

Orgullo herido

Seguramente ocurrió algún imprevisto y el profesor de turno tuvo que ahuyentarse. Solía ocurrir con frecuencia en nuestro internado. Cuando un superior encargado de la vigilancia de la biblioteca, del salón de estudio o de una clase, tenía que interrumpir su tarea por motivos mayores, traspasaba su autoridad de mando a alguno de los alumnos que contaban con especial prestigio. En las clases esta tarea recaía casi siempre en el alumno más aventajado. Es decir, el más empollón. Para la mayoría de los profesores el éxito escolar se identifica con actitudes manifiestas de responsabilidad. Aunque en honor a la verdad no siempre esas actitudes son tan manifiestas y se le atribuyen al sujeto como consecuencia del éxito. De las aptitudes a las actitudes se pasa de modo más o menos gratuito y con demasiada facilidad. Vivimos en una sociedad en la que el éxito es atribuido muy ingenuamente a la honradez o el trabajo.
El caso es, que este día, la probable partida del profesor dejaría en manos de un compañero la responsabilidad disciplinaria durante el tiempo que durara su ausencia. Y el compañero tenía que apuntar en un folio las conductas no adecuadas que se realizaran en clase, con los nombres de los protagonistas de la misma. Así fue como yo caí en la red de los sujetos apuntados en la lista negra, por sabe Dios que conducta inoportuna. Como consecuencia ese día me dio un repaso el profesor de Química. Un repaso a mis conocimientos sobre la disciplina, se entiende. Según mi diario las cuestiones sobre las que me examinó no comportaron especial dificultad para mí. Tuve la suerte de que hurgó precisamente en los conocimientos que había preparado, dejando de lado otros en los que tenía una ignorancia supina.

Al escribir el diario de ese día, me sentía atribulado, no tanto por el episodio en Química, del que como he comentado salí más o menos airoso, sino por la amargura moral que había sufrido al figurar en aquella lista negra. No estaba yo acostumbrado a figurar en este tipo de listas y este hecho hería en lo más profundo mi orgullo. 

miércoles, 28 de marzo de 2012

Educación, liberar el genio de la lámpara

La vida de cada persona es un misterio. La originalidad con la que somos concebidos y aterrizamos en esta historia nos constituye como personas irrepetibles y geniales. No importa que unos tengan mayores dotaciones intelectuales, dominio más destacado en habilidades artísticas o posibilidades relacionadas con su naturaleza física. Contemplar cada perfil de nuestros congéneres, incluso aquellas vidas que nos parecen más determinadas por aspectos defectuosos, nos harán ver la singularidad y genialidad del ser humano. Pero las posibilidades de desarrollo y crecimiento de las personas no se dan en todos por igual. Las condiciones de existencia de cada uno son tan dispares que pueden llevar a alcanzar cuotas grandiosas de perfeccionamiento o dejar al genio encerrado en una lámpara de Aladino. Si nadie la acaricia, el espíritu quedará aprisionado por toda su existencia, incluso engendrar deformidades. La educación cumple esa función de liberar al genio. Y es en los primeros años de vida y en la etapa adolescente donde la educación tiene una mayor incidencia. Todos podemos rastrear en nuestro pasado y darnos cuenta de situaciones vitales que han dejado profundas huella. Huellas liberadoras del genio o restregones destructores que nos han dejado aprisionados y subyugados en la estrechez de la lámpara. Educar no es adoctrinar. Se trata de hacer posible experiencias, facilitar caminos para explorar, crear cauces para descubrir el lugar que a cada uno quiere elegir, establecer mediaciones que posibilite a todos ser protagonistas y expresar su PALABRA.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Educación en candelero

Soy de una generación en la que, aquellos que pertenecíamos a sectores de población con escasos recursos, sobre todo en zonas rurales, apenas teníamos posibilidad de recibir una educación medianamente decente. Algunos lo conseguimos gracias a nuestra salida de la casa paterna para internarnos en colegios de religiosos, con la perspectiva de terminar siendo miembros de las órdenes que nos acogían. Aunque al final, muy poco terminaron engrosando dichas instituciones. Otros, los menos,fueron a colegios de pago o públicos, pero forzando una inmigración a centros poblacionales donde éstos se ubicaban, lo que suponía un desembolso económico, que sólo con tremendos sacrificios de los progenitores, lo hacían posible. Pero una gran mayoría de nuestros coetáneos no corrieron esa suerte, y apenas tuvieron otra posibilidad que aprender a leer, escribir y defenderse con las “cuentas” básicas.
Es verdad que en muchos casos, la educación que hemos recibido tampoco nos ha abierto grandes perspectivas laborales, y, por regla general no nos ha sacado de pobres. Podemos haber ido a la universidad, sacado una carrera y mal que bien obtenido un trabajo ligado a la profesión, pero puede que no nos haya proporcionado grandes estipendios económicos. Pero sí una gran satisfacción moral y una dignificación personal que está muy por encima del dinero. Porque eso es lo que tiene la educación, posibilita el desarrollo del intelecto, la comprensión del mundo que nos rodea y el despliegue de las capacidades que más humanizan a los seres humanos. Con la llegada de la democracia y los avances en los sucesivos planes y leyes educativas, el panorama cambió por completo. Las posibilidades de acceso a la educación, independientemente de que todo puede ser mejorable, ha sido prácticamente plena. Y hemos podido gozar de una educación básica y gratuita desde una educación pública de calidad. Con sus lagunas, es verdad, pero que ha supuesto un avance sobresaliente. Quién iba a pensar hace años que cualquier niño, independientemente de extracción social, podría tener educación gratuita y de calidad hasta los 16... Pero hemos de ser conscientes de que la educación tiene aún por delante un largo camino que recorrer; metas que perseguir y errores que corregir. Y que este pulso hacia el futuro implica sobre todo inversión económica significativa. Es esencial para la vida del ciudadano y por ende para el desarrollo económico de los pueblos.