Casi es imposible entenderse cuando se parte de planteamientos éticos,
principios morales y anclajes de perspectivas de humanización antagónicas. Las
ideologías, que se sustenta en este tipo de fundamentos, llevan a
enfrentamientos dialécticos sin margen para la conciliación. Cada uno defiende
a capa y espada su postura, convencido de que tiene la razón. En muchos casos,
supongo, que con recta intencionalidad. En otros, tengo la impresión, que
cargados de bastante inquina, cuando no de odio, a quienes están en la
perspectiva diferente.
Estas situaciones quedan ilustradas en controversias suscitadas
con problemas sociales: situación de inmigrantes, llegada a nuestro mundo
occidental de personas en patera, establecimiento del ingreso mínimo vital,
subvenciones otorgadas a personas vulnerables...
Es frecuente escuchar razones de rechazo a ayudas y prestaciones sociales
alegando que, lo que tienen que hacer estos sujetos, es ganarse la vida en sus
países de origen, dejar de ser vagos y trabajar (dando por supuesto que
prefieren no hacerlo porque pueden vivir “comiendo la sopa boba”), etc. Desde
la seguridad en la que se vive (y pensando que es algo a la que solo yo y mi
limitado mundo tiene derecho), se culpabiliza a quienes pueden traer
inseguridad, incluso, en ocasiones, culpabilizar a la propia conciencia
personal. Porque es muy socorrido ampararse en la supuesta mala conducta de los
diferentes, para desentenderse de la propia irresponsabilidad (al no asumir la
solidaridad con los que debería implicarme).

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