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jueves, 13 de noviembre de 2014

La balaustrada

A la parte superior del castillo se accede por dos escaleras. La principal es magestuosa, de amplia anchura, adornada con floripondios que se distribuyen a lo largo de su balaustrada. En aquellos momentos la energía se desborda a raudales por todos los poros de su piel. El eje vertebrador que hace posible este derroche es la pasión por la vida. Una vida que cada día que pasa abre nuevas compuertas y el agua almacenada en su interior sale como un torrente, arrastrando por delante cualquier valla de negación que se interponga en su camino. Celemín trepa por las barandas de las escaleras del castillo, en sentido contrario a las leyes lógicas de la físicas, de abajo arriba, en una ascensión contracorriente. Contracorriente son también sus posiciones en las diferentes actitudes que tiene en la vida. Lo viejo, las posiciones conservadoras recibidas por imperativos ancestrales, de nada le sirven. Todo requiere un impulso creativo, el mundo está demasiado anquilosado y sometido a fuerzas estáticas que tratan de impedir a cada persona ser verdadero sujeto de su propia historia. ----------------- Pero ahora ya es otoño y el loco empieza a estar cansado de otear el horizonte, subido en la atalaya, abrumado por las esquirlas que le salpican en su posición de vigía. Ver pasar la vida le han convertido en alguien capaz de comprender los resortes que se esconden tras las conductas y actitudes de la gente que le rodea, pero siente que esa sagacidad no sirve para nada ni para nadie. Sólo para almacenar en el costal de su experiencia lastres infructíferos. Manojos de espigas enmohecidas que no sirven tan siquiera para utilezar sus frutos en nueva sementera. Se pudrirán irrevesiblemente en el rincón de lo anodino. Y es tan pesado el fardo..., toda una carga de producto inútil, un trasiego baldío arrastrado por los caminos pedregosos por los que el loco transita... Algo muy fuerte en su interior le impulsa a dar un salto hacia el vacío...,
¿Hacia arriba o hacia abajo? No sabe muy bien, ha desaparecido la balaustrada.

lunes, 25 de noviembre de 2013

EL RÍO DE LA VIDA

El adolescente es un río de meandros que se dirige a la adultez sin garantías de éxito. Ese fluir sinuoso deja a muchos colegas enfangados en cualquier recodo del trayecto, piensa Celes, incapacitados para desembocar como torrentera diáfana en el mar del porvenir. En la mente de nuestro joven se libra una batalla. Desea poner todo su empeño para facilitar el desarrollo; abordar los vericuetos por donde avanzar juntos hacia una meta que es en realidad una salida de tanteo. Pero, a su vez, duda. “¿En realidad merece la pena?”. Varios de los que con él habitan, dentro del Castillo, le vuelven la espalda. El se lanza a proponer cauces de diálogo, de búsqueda conjunta, de reflexión sobre los problemas que atañen, no sólo a ellos (jovencitos de escaso vuelo), sino al conjunto del ser humano. Mas no importa que haya quien se niegue a montarse en ese carruaje. Se realizan tertulias; afloran debates espontáneos; se crean grupos para realizar salidas y excursiones fuera de los muros de la fortaleza; algunos apuestan por el ocio creativo; se organizan festivales llenos de colorido, donde cada uno muestra la faceta artística más destacada... Y Celes descubre que ha prendido la mecha apasionada de forjar un porvenir no escrito. Se puede inventar el futuro.
---- ¿Qué piensa el pobre loco? Es mejor dejarlo en su estado de languidez. Hoy no está para inventar nada. Todo está ya inventado. Y los inventos, que creía haber sacado de sus propias manos, fueron copias de otros inventos intrascendentes para la vida. Sí, le hicieron feliz durante un corto periodo, pero murieron dejando atrás rastros confusos de su paso fugaz. ¿Es el momento de dejarse llevar por el río de la vida? ¿Para qué luchar contra corriente? Con lo fácil que resulta seguir los dictados de los que llevan la batuta y no salirse del redil ni del papel que te tienen asignado...

martes, 19 de noviembre de 2013

UTOPÍA

El bosque enmarañado de ideas elocuentes y presagios proféticos crece exuberante. Se asoma a un ventanal del castillo y, en la líneas visibles del horizonte, el joven interpreta los perfiles del futuro, como la gitana que lee en la mano de un aprensivo, lo que le depara el porvenir. Como si todo el caudal de la vida se hubiera adueñado de él se siente con la fortaleza suficiente para mover montañas. El mundo tal como es (con sus miserias, arritmias de envejecido trashumante, puercoespín que clava sus púas cuando intentas atraparlo entre las manos...) no muestra un semblante como para regocijarse con su trayectoria abyecta. Pero todo puede cambiar, sólo hay que empeñarse en trasformar las estructuras que lo mantienen en la órbita del egoísmo, los intereses tóxicos de los potentados, los mediocres afanes de los conformistas... Comprometerse para dar la vuelta a un dinamismo enfermizo. Esa es la apuesta para que algún día lleguen la paz, la concordia, la justicia, la distribución equitativa de la riqueza, la participación democrática de los ciudadanos, el tiempo en el que todas puedan expresar su palabra. Y ahí estará él, en el frente de esa batalla para forjar unos tiempos nuevos.
---- No son gigantes, son molinos, piensa el loco. Pero molinos descomunales que han invadido los resortes y cauces por donde circula la vida. Han taponado todas las entradas a las grutas de la esperanza. Y las lanzas de los quijotes se han destruido en esa lucha desigual, hechas trizas entre las aspas enloquecidas que se mueven sin sentido ante el rigor de huracanes turbulentos. (“Pobre loco, ¿qué pensabas...? No hay lugar para la utopía, ni espacio para cobijar los corazones dispuestos a amar gestando sueños”).

viernes, 24 de febrero de 2012

El laberinto

El conejillo de indias con el que practicábamos en el laboratorio, apareció triunfante en la meta. Tras el éxito obtenido con él en la prueba del laberinto, yo mismo me inoculé la misma pócima que utilizamos para fortalecer su orientación. Pero alguien debió cambiar la fórmula. Y aquí sigo, perdido por los pasillos de la Facultad de Psicología, incapaz de encontrar la salida.
Al azar, he llegado al laboratorio. Pero el animalillo está muerto. Y ahora, nadie puede ayudarme a salir del laberinto.

lunes, 13 de febrero de 2012

Nos queda la palabra

Búsqueda de palabras. Abrir el horizonte para expandir e interpretar la realidad. Inventar la realidad. Palabras, palabras, palabras... Juego de palabras. Sueño de palabras. La realidad prendida de las pinzas de las palabras. La realidad se desprende, se aniquila, pero quedan las palabras. <> (Blas de Otero. Canción musicada e interpretada por Aguaviva, Paco Ibáñez) Me fundo con los sinónimos. Me sumerjo en los diccionarios en búsqueda de las esencias de la vida. Pasión : ardor, ímpetu, fogosidad. Me lastima la vida, me quemo al introducir mis manos en las brasas del delirio humano. Quedan rescoldos, quedan cenizas..., ímpetu para revitalizar la hoguera.
Amor : afecto, ternura, sentimiento, (también) pasión. Dar la vida, retenerla para darla. Morir de zozobra. Anhelos no correspondidos. Afectos rotos. Misterio de encuentro. Donación sin correspondencia. Fidelidad, sacrificio. Felicidad. Búsqueda de plenitud. Libertad : autonomía, emancipación, rebeldía. Quiero ser yo mismo. Romper las cadenas que me someten a los antojos de los que ostentan el poder. Poder ideológico. Poder económico. Poder religioso. Poder de la tradición, las costumbres, lo políticamente correcto. Me rebelo contra mí mismo, me rebelo contra...¡Qué se yo!. Estoy atado a tantas cosas... Me consume la deslealtad, sujeto y objeto, en las fauces y en sus garras.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Crisis...¿resistencia o pasividad?

Cuando las tareas escolares eran sensiblemente inabordables o el cúmulo de exámenes que te venían encima, implicaba un nivel desorbitado de tiempo para dedicar al estudio, yo bajaba la guardia y me decía a mí mismo: “que pase lo que tenga que pasar”, y caía en el abandono. Con este proceder emulaba la conducta que tantas veces había observado en mi abuelo. Cuando se veía sometido a dificultades que lo superaban, se acurrucaba como un ovillo frente al rescoldo de lumbre. Dejaba la mirada perdida entre las brasas aún incandescentes, y exclamaba a intervalos repetitivos, como en susurro de jaculatoria: “Bueno..., Dios abrirá camino”. Procedía de familia con fortuna desahogada. Me cuentan que mi abuelo, había vivido una juventud plácida y sin dificultades aparentes. Recibió de mis bisabuelos una opulenta herencia. Abundantes tierras de cultivo y pasto para el ganado, haciendas numerosas, viñas y bodega, estaban al alcance de sus dominios. Pero el destino determinó, que todo ese gran volumen, se fuera empequeñeciendo, hasta quedar reducido a la mínima expresión.
De poseer haciendas numerosas, mi abuelo llegó a quedarse con una mula coja, con la que mal cultivaba los retales de tierras que le sobrevinieron a embargos y pleitos perdidos. Logró también retener una bodega medio en ruinas, donde se refugiaba, exprimiendo las pocas uvas que habían sobrevivido a las discordias. Con ellas elaboraba, fielmente cada año, alguna cuba de vino y cantidades proporcionales de aguardiente clandestino. Tengo la impresión que el calor de estos líquidos, le dieron la fuerza para seguir, aun derrotado, con la cabeza alta en la vida. Esos caldos le acompañaban también en la cocina. Los espacios interminables en los que vivía ensimismado con las brasas de la lumbre, eran rotos, de cuando en cuando, con algún envite de botella. Así lo descubrí yo, muchas mañanas de mi niñez. En las que él, se apresuraba ufano, a tostarme en las brasas, una rebanada de pan casero, que me ofrecía orgulloso, tras haberlo rociado con unas gotas de orujo. Me sentaba a su lado, haciendo corro en torno a la chimenea y compartía con él ese tiempo de desazón, participando pasivo de sus frecuentes jaculatorias: “Bueno..., Dios abrirá camino”.