martes, 26 de enero de 2021

En la entraña

 

Casi es imposible entenderse cuando se parte de planteamientos éticos, principios morales y anclajes de perspectivas de humanización antagónicas. Las ideologías, que se sustenta en este tipo de fundamentos, llevan a enfrentamientos dialécticos sin margen para la conciliación. Cada uno defiende a capa y espada su postura, convencido de que tiene la razón. En muchos casos, supongo, que con recta intencionalidad. En otros, tengo la impresión, que cargados de bastante inquina, cuando no de odio, a quienes están en la perspectiva diferente.

Estas situaciones quedan ilustradas en controversias suscitadas con problemas sociales: situación de inmigrantes, llegada a nuestro mundo occidental de personas en patera, establecimiento del ingreso mínimo vital, subvenciones otorgadas a personas vulnerables...

Es frecuente escuchar razones de rechazo a ayudas y prestaciones sociales alegando que, lo que tienen que hacer estos sujetos, es ganarse la vida en sus países de origen, dejar de ser vagos y trabajar (dando por supuesto que prefieren no hacerlo porque pueden vivir “comiendo la sopa boba”), etc. Desde la seguridad en la que se vive (y pensando que es algo a la que solo yo y mi limitado mundo tiene derecho), se culpabiliza a quienes pueden traer inseguridad, incluso, en ocasiones, culpabilizar a la propia conciencia personal. Porque es muy socorrido ampararse en la supuesta mala conducta de los diferentes, para desentenderse de la propia irresponsabilidad (al no asumir la solidaridad con los que debería implicarme).


jueves, 21 de enero de 2021

Ideología

 


Qué importante es ir afianzando, desde la infancia hasta la madurez, una escala de valores (principios éticos, virtudes, cualidades). Esta escala constituirá la columna vertebral para no andar por la vida dando tumbos. Desde esta integración uno puede situarse y tomar partido ante todo lo que le rodea con base sólida y enjuiciar los acontecimientos desde una perspectiva personal. No desde posturas que te llegan desde fuerzas clandestinas, interesadas en tu manipulación.

Y desde esta escala, cada persona se ubica en un marco de ideología.

La ideología es fundamental para el hombre. Es el cuerpo de ideas estructuradas de un modo coherente, en base a una escala de valores. Sin ideas la persona es una marioneta esclava de quien quiera manipularla. Ahora bien, una cosa es tener una referencia ideológica y otra, el seguimiento acrítico de ideologías. Es peligroso seguir a ideologías externas, porque con frecuencia, éstas pueden estar desvirtuadas, se alejan de los principios por los que se generaron y pierden el valor fundacional que le daban su fortaleza moral. Es entonces cuando se hace perentorio volver a las ideas del origen, y así poder renovarlas de continuo.

Las ideas hacen posible que uno se sitúe críticamente y percibir de este modo qué es coherente, que tiene sentido y que carece del mismo.

Así, volviendo a las fuentes de las ideologías, que generalmente surgen tras experiencias significativas y la reflexión sobre las mismas, uno puede identificarse o no con ellas. 

martes, 19 de enero de 2021

La importancia de sentirse limitado

 

Crecí en un ambiente de positividad hacia los otros, hacia el prójimo. Las enseñanzas de mis padres me impulsaban a hacer el bien a los demás, y por supuesto, ningún daño. Eran los valores de una educación tradicional con raigambre católica, como no podía ser de otra manera en aquella época, con sus limitaciones, pero también con referencias claras a no vulnerar los derechos de las personas.
Pero en el ámbito en el que viví mis primeros años, no llegué a tener conciencia de la existencia de los homosexuales, ni me topé con ningún negro, ni chino, ni búlgaro, ni de cualquiera otra raza que no fuera la mía. Como mucho, en alguna ocasión, me sorprendieron algunos fíngaros, que iban trashumantes de un lado para otro, y se asentaban a las afueras del pueblo, con alguna cabra entrenada para hacer acrobacias, para después de actuaciones improvisadas en la plaza del pueblo, pasar la boina y sacar algún diezmo para tener algo que llevarse a la boca. Sí que me resultaban raros, como proviniendo de otro planeta, y las aseveraciones que recibía de los familiares de que no me mezclará con ellos, que era gente de malvivir, me llevaban a pensar que estos no eran prójimos, a los que había que acoger según el catecismo católico.
Tampoco me sorprendió que mi madre estuviera entregada a la crianza de los hijos y tareas del hogar, mientras mi padre trabajaba en el campo. Con la estricta separación de roles en virtud del sexo.



Más tarde, descubrí que el mundo era plural, que las personas no respondían al estricto arquetipo con el que me había familiarizado en mi infancia. Existían otras razas, otra maneras de vivir la sexualidad, otros modos de asumir roles entre hombres y mujeres...; descubrimiento que chocaba con la concepción de la realidad mamada desde la cuna.
Pero esos descubrimientos no me llevaron, sin más, a comportamientos integradores a la hora de asumir las diferencias. Encontrarme con un negro, por ejemplo, me producía un cierto temor (miedo al extraño), un homosexual me producía una repulsa visceral no querida, saber que una mujer renunciaba a ser madre por competir en un puesto de responsabilidad profesional, en competencia con un hombre, me producía perplejidad, etc. Respetar los derechos de todos era un emblema que llevaba dentro, pero no estaba preparado para aplicarlo a cada persona o grupo identitario en función de sus diferencias (era normal lo que que directamente había observado en mi infancia). Incluso en algunas ocasiones de mi vida adulta, me he sorprendido, con actitudes (inconscientes) que no son coherentes con el respeto a los derechos de la mujer, o del diferente, o del excluido por raza o condiciones vitales. 

Lo que llevas arraigado tiene un poderoso impacto. Y desde ahí, me reconozco imperfecto. Y es posible que haya que hacer un esfuerzo suplementario para responder al reto de respetar los derechos de los diferentes. No basta con decir: no soy racista, no soy machista, no soy homófobo...; es posible que, para liberarme de las esquirlas que llevo dentro, tenga que adoptar una postura más combativa: ser antirracista, antimachista, antihomófobo, ... Es decir, tomar una postura combativa en respuesta a cada grupo diferenciado de personas.

Por eso me sorprendo con mensajes, que parecen bondadosos pero malintencionados en el fondo, que circulan por las redes como el siguiente:
"A un niño: No se enseña a respetar a un gay. Se enseña a respetar a cualquiera. No se enseña a no pegar a un negro. Se enseña a no pegar a nadie. No se enseña a respetar a la mujer. Se enseña a respetar a todos.  El problema es de quien quiere diferenciar entre «respetos». No se le enseña a colectivizar sino a no colectivizar. Hablar todo el día de las mujeres, los negros o los homosexuales es acostumbrar a diferenciarlos como colectivos. Es sembrar prejuicios en el fondo."

Cuidado con esos mensajes que parecen tan razonables que nos inducen a afirmarlos por su obviedad. Por lo general encierran trampas, y suelen estar generados por quienes pretenden obstaculizar el avance hacia una sociedad donde se respeten los derechos de quienes les están siendo vulnerados. 
Ya el dicho de "lo que sirve para todo, en realidad no sirve para nada" debería ponernos en alerta ante estos mensajes.

La trampa reside en atribuir, en el contexto social e histórico en el que vivimos, el mismo punto de partida para todos. Pero es que este no es el caso. Vivimos en un contexto donde el trato otorgado a las personas en función de sus diferencias por razones de raza, de sexo, de poder adquisitivo, de condiciones de marginalidad, etc. es tan injusto que necesariamente se ha de enseñar a un trato específico en función de sus características para que llegue a ser justo.  

La suma de los respetos a cada colectivo, a cada persona diferenciada..., es la que logrará el respeto a todos, y no el plantear la quimera de respetar a todos, va a traer la consecuencia de que se respete al diferente. Cuando un niño ve que en el contexto en el que vive, el desprecio a la mujer es normal, si no se le enseña a analizar que la mujer lleva desde siglos sometida al hombre, va a creer que respeto a la mujer no tiene que ver con esas conductas de menosprecio que ha visto como normales.

lunes, 4 de enero de 2021

Reflexión desde la perspectiva religiosa

 

Es evidente que la religión juega un papel importante en muchas personas. A pesar de vivir en un mundo (me refiero al de Occidente) en el que la secularidad ha adquirido la condición de atributo por excelencia de nuestra existencia, son muchos los que siguen, de una u otra manera, vinculados a la fe en la que creyeron sus ancestros.





Creyente se puede ser de muchas maneras, aunque no todas son compatibles con las enseñanzas de Aquel en cuyo honor (al menos por tradición) celebramos estas fiestas. La mayoría de los que siguen referenciados a la religiosidad lo hacen con una mezcla de sentimientos arraigados en su interior (generalmente de modo privado, como si fuera algo oculto que no tuviera sentido divulgar) y una especie de nube de principios morales que se confunden por lo general, con posiciones ideológicas (la más de las veces conservadoras). Quienes viven desde esta perspectiva, alimentan su condición de creyentes asistiendo a las actividades de culto y las diferentes celebraciones litúrgicas como si fueran obligaciones para llevar sobre su piel el sello de su identidad creyente.
Uno se pregunta muchas veces qué tiene que ver esa manera de religiosidad con la vinculación al Proyecto vital de Jesús de Nazaret que descubrimos en El Evangelio. Porque en esta manera de seguimiento, lo esencial es asumir un proyecto existencial en el que la transformación de una realidad injusta (que hace a tantas personas infelices, pobres, oprimidas, vilipendiada, vulnerables, discriminadas, objetos de la violencia...,) hacia una realidad diferente (que posibilite la fraternidad, el servicio a los que apenas cuentan...), sea el empeño fundamental de los seguidores del Nazareno.

miércoles, 10 de octubre de 2018

El pensamiento crítico


Me asombra el despliegue que en redes sociales tienen las informaciones falsas, que atribuyen a grupos, partidos políticos, personas, etc. manifestaciones y hechos sacados de la chistera de ideologías rupestres, racistas o de radicalismos a ultranza. Se trafica con invenciones que tratan de desprestigiar al oponente, al que se posiciona de forma diferente; o simplemente hacer adeptos y generar clientelismo entre la gente de buena fe. En el fondo, con intereses mezquinos, aprovechándose de la ausencia de criterios sólidos de los usuarios de las redes, a sabiendas que esa mecha incendiaria puede prender fácilmente sobre la yesca seca de personas acríticas y vulnerables que, a su vez, propagan ingenuamente esos embustes como si hubieran descubierto la piedra filosofal.

Más que nunca, vivimos en un momento en el que, el fomento del pensamiento crítico, es una necesidad imperiosa. Aunque solo sea como escudo protector y estrategia insoslayable para buscar la verdad de cuanto nos rodea. Siempre lo ha sido, pero ahora mucho más que nunca. Pero se da la paradoja de que, si el crecimiento de la complejidad y de los embustes a los que somo sometidos, por activa y por pasiva, por la inmensidad de canales que llegan a nuestra vida, harían necesario un fortalecimiento de la conciencia personal sobre la realidad, esa necesidad no se aborda, pues choca con la ausencia de una verdadera educación que fomente ese pensamiento crítico capaz de desenmascarar lo obscurantista e iluminar la verdad. Ausencia desde las aulas en las que aprenden nuestros hijos, y ausencia en los diferentes canales y medios sociales a los que vivimos enganchados diariamente todos.
Son aleccionadoras, al respecto, estas opiniones de Jesús Quintero que pueden escucharse en el siguiente enlace:
https://www.facebook.com/SpanishRevolution/videos/1697264400362354/UzpfSTE2MjEyNDg3Nzg6MTAyMTUwODc1OTg4NTYzMDk/?fref=pb&hc_location=friends_tab

martes, 28 de marzo de 2017

"Pinchar en hueso", enfermero sin licencia.

Me sorprende mi diario recordándome que  tuve que acompañar al hospital a un alumno del centro. Por algún motivo se hacía necesario que lo reconociera algún especialista o debían aplicarle algún recurso clínico especial. Lo más frecuente era que un médico que teníamos asignado al internado, y que venía 2 ó 3 veces a la semana (y por supuesto cuando había alguna urgencia), fuera el encargado de tratar nuestras dolencias, que no solían comportar gravedad seria.
Dicho médico contaba con la ayuda de algún alumno del internado a quien se le reconocía en Calatrava como “el enfermero”. Durante algún tiempo me atribuyeron dicha función. No sé qué pudieron notar en mí para cargar sobre mis espaldas tal responsabilidad. Sin duda, cualquier otra, la hubiera asumido con un mayor espíritu y presteza, pero en lo tocante a las enfermedades siempre se me ha rebelado una tendencia pusilánime y cobarde. Impresionable donde los haya, sólo con ver sangre, heridas o vísceras, siento una repulsión cercana a la náusea. Trato de evitar, por todo ello, cualquier circunstancia que me aproxime al campo de la medicina. Sin embargo, por esas fechas, debió de asistirme una especial fortaleza, o tal vez las atribuciones de responsabilidad en la materia que recibí, me hicieron superarme a mí mismo, apechugando con tareas incómodas.

Tanto es así que acude a mi recuerdo algún episodio de especial complejidad para mis dubitativas destrezas clínicas, como el de poner inyecciones a algún alumno, previa la prescripción médica necesaria. No fueron muchas, pero un par de ellas hubo. Por alguna razón, en esas ocasiones el doctor tenía dificultades para personarse en el internado y delegó sobre mí el delicado asunto. Creo que una de las veces estuve a la altura de las circunstancias, finalizando la tarea con notable acierto. Debió socorrerme en la distancia el impulso de mi madre, que para la habilidad de inyectar era singularmente diestra (el propio médico local le encomendaba tal quehacer en muchas ocasiones). Pero en otro caso debí de “pinchar en hueso”, simbólicamente hablando, se entiende, pues a consecuencia de impulsar la aguja de forma inadecuada, ésta se rompió y tuve que acudir a D. Tristán, superior avezado en estas lides, para que arreglara el descalabro.

jueves, 23 de marzo de 2017

Orgullo herido

Seguramente ocurrió algún imprevisto y el profesor de turno tuvo que ahuyentarse. Solía ocurrir con frecuencia en nuestro internado. Cuando un superior encargado de la vigilancia de la biblioteca, del salón de estudio o de una clase, tenía que interrumpir su tarea por motivos mayores, traspasaba su autoridad de mando a alguno de los alumnos que contaban con especial prestigio. En las clases esta tarea recaía casi siempre en el alumno más aventajado. Es decir, el más empollón. Para la mayoría de los profesores el éxito escolar se identifica con actitudes manifiestas de responsabilidad. Aunque en honor a la verdad no siempre esas actitudes son tan manifiestas y se le atribuyen al sujeto como consecuencia del éxito. De las aptitudes a las actitudes se pasa de modo más o menos gratuito y con demasiada facilidad. Vivimos en una sociedad en la que el éxito es atribuido muy ingenuamente a la honradez o el trabajo.
El caso es, que este día, la probable partida del profesor dejaría en manos de un compañero la responsabilidad disciplinaria durante el tiempo que durara su ausencia. Y el compañero tenía que apuntar en un folio las conductas no adecuadas que se realizaran en clase, con los nombres de los protagonistas de la misma. Así fue como yo caí en la red de los sujetos apuntados en la lista negra, por sabe Dios que conducta inoportuna. Como consecuencia ese día me dio un repaso el profesor de Química. Un repaso a mis conocimientos sobre la disciplina, se entiende. Según mi diario las cuestiones sobre las que me examinó no comportaron especial dificultad para mí. Tuve la suerte de que hurgó precisamente en los conocimientos que había preparado, dejando de lado otros en los que tenía una ignorancia supina.

Al escribir el diario de ese día, me sentía atribulado, no tanto por el episodio en Química, del que como he comentado salí más o menos airoso, sino por la amargura moral que había sufrido al figurar en aquella lista negra. No estaba yo acostumbrado a figurar en este tipo de listas y este hecho hería en lo más profundo mi orgullo.