viernes, 10 de febrero de 2012

Cenicienta en zuecos

Roto el cuento, Cenicienta tuvo que volver a su modo primigenio de existencia. Como no tenía otro lugar donde rehacer su vida, no le quedó más remedio que acordar con su padrastro el regreso a la casa “in-paterna” y retomar las faenas vulgares que otrora la catapultaran a la celebridad más imprevista. Inflada de sentimientos confusos, se encerraba cada día en la cocina y mientras pelaba las patatas, recordaba el sueño en la que estuvo envuelta durante las últimas décadas: la aparición de su hada madrina; la transformación del vestido remendado y envuelto en una nube de ceniza, en un pret-a-porter esplendoroso de novia, lleno de lentejuelas y brillantes; las joyas y collares repletos de zafiros con los que adornaba su juvenil figura; la mutación de la calabaza en la carroza de oro; de los ratones en viriles y veloces corceles, sus zapatos de cristal que acariciaban con mimo sus pies de bailarina de balé; y la llegada del príncipe a su vida dando un vuelco a su existencia miserable para convertirla en princesa.
Sus recuerdos eran interrumpidos por sus hermanastras que se acercaban a ella solo para mofarse. Ahora, de una forma más brutal que en la antigua época. Toda la envidia que las había corroído daba paso a una agresividad sin medida y a manifestaciones humillantes que dejaban a Cenicienta postrada en un mar de lágrimas. Era ese el momento en que masticaba la nuez más amarga del recuerdo. La rotura de sus zapatos de cristal. Y con ello la disipación de aquella irrealidad que ella había creído real y que duraría para siempre. “Sólo ha sido una quimera”, pensaba, herida en lo más profundo de su autoestima. Y bajando la cabeza miraba sus pies, calzados con un par de zuecos de madera, con la ligera esperanza de volver a descubrir los que antes fueron de cristal. “¿Habrá alguien más desdichada que yo?”, se preguntaba Cenicienta. Y vio la respuesta al lado: Un diablillo se había hecho presente en la cocina y desgranaba frases que parecían no tener sentido: - Las eléctricas elevan al máximo las tarifas para que se jodan los que se están muriendo de frío. - Un personajillo engreído, bravucón y sin luces tiene en sus manos el botón rojo para mandar a la civilización al quinto infierno. - Multitud de seres humanos deambularán en campos de refugiados, congelados, hambrientos, desolados y con su dignidad por los suelos. - La sociedad del bienestar va cayendo en picado para regocijo de quien saca enormes beneficios del declive de la mayoría. - Las nuevas generaciones no encuentran lugar para desarrollar sus capacidades, y tienen que emigrar en búsqueda de un futuro fuera de su tierra… … … El diablillo continuaba lanzando consignas mientras desaparecía por la chimenea, y Cenicienta confusa y desorientada, permaneció sentada en una silla, absorta en sus zuecos de madera.

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